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INTERRUMPIR EN MEDIO DE UNA PANDEMIA

  • Foto del escritor: Juan Montoya
    Juan Montoya
  • 21 abr 2021
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 3 may 2021


"Por defender ideales hoy nos mandan a un costado

Tienen miedo porque el pueblo ya ha despertado.

Y se cansó de las mentiras Se cansó de la violencia

Se cansó de oír un presidente

Con poca experiencia

Que cree que ir a la iglesia

Va salvarnos de sus manos

Que violentan al prójimo

Y lo dejan desamparado "

Colombia (Radio MC: 2020)



En pandemia la receta no funciona


A primera vista la institucionalidad gubernamental que “lidera” “atiende” y “gestiona” los temas relacionados con la juventud en el departamento de Antioquia representa en esencia las desigualdades propias de un sistema económico en el que los grandes centros urbanos concentran los recursos y en la periferia, las inversiones se vuelven marginales y dependen del “papá” gobierno departamental que cuenta con mas de 100 municipios por atender con los recursos limitados.



Esta situación no sólo afecta las capacidades con las que se gestiona la agenda pública juvenil en los diferentes niveles territoriales, sino que profundiza las desigualdades entre los jóvenes que viven en las regiones y los que viven en la capital. La mesa juvenil, la escuela de jóvenes, las plataformas, los parches, grupos, clubes, proyectos juveniles, encuentros, intercambios territoriales, se activan, desactivan, rebautizan y presentan como “la solución para...” o “la estrategia como se interviene...” o “como se transforma a los jóvenes”. No obstante, los planes, programas y proyectos que se implementan en el departamento no dejan de ser un reencauche, una copia, una receta en la que se cambia el eslogan, se genera énfasis territorial o temáticos, se fortalecen posturas políticas o se eliminan acciones que pudieran visibilizar a los adversarios políticos. Es decir, las instituciones se quedan en la forma y no llegan al fondo.


Cuando a todo lo anterior se suma que la rutina gubernamental es afectada por situaciones inesperadas como una pandemia, la receta institucional es insuficiente, tanto en la capital como en las regiones; y esta situación no sólo deja en evidencia las incapacidades, sorderas, agotamientos, malestares y emputes hacia los distintos niveles gubernamentales, también hace visible la fragilidad de la respuesta institucional para adecuarse a los nuevos retos y sobre todos, a las necesidades de las diferentes expresiones de las subjetividades juveniles.


Agenciar el mensaje en medio de la pandemia



Si antes de la pandemia era evidente esa sordera e incapacidad institucional para convocar a aquellas subjetividades que se salían del libreto oficial o que no veían en la oferta institucional un espacio válido para agenciar sus apuestas, durante el COVID19, estas tensiones no sólo se profundizaron sino que dejaron en evidencia el creciente hartazgo frente a la acción gubernamental.


Al malestar frente a esa oferta o receta institucional “para los jóvenes”, se le suma en esta ocasión el empute hacia unas instituciones que llegaban por fin a los territorios pero en tanqueta, con casco y bolillo, en pro de garantizar la bioseguridad, eliminar cualquier atisbo de aglomeración y “cuidar la vida”.



Confinados, sin garantías, sin posibilidad de continuar agenciando presencialmente sus apuestas en los territorios, sometidos a la innovación punitiva liderada por los alcaldes, los gobernadores o el presidente, con el autoritarismo bioseguro profundizado, el silencio no era una opción viable.


Adaptarse al autoritarismo profundizado por la pandemia, implicó en la mayoría de los casos reflexionar alrededor de la virtualidad y la posibilidad o no, de utilizar los canales y los medios existentes para hacer visible las apuestas, amplificar sus mensajes, tejer redes afectivas y gestionar su malestar a través de acciones conectivas.




Pero ¿Cómo volcarse a la virtualidad en escenarios de precariedad y desigualdad? O ¿Cómo acceder a la red si el problema únicamente no es de conectividad? ¿Para qué un hashtag, un Webinar, un retuitear? cuando los problemas son tangibles, tienen piel, tienen hambre, tienen necesidad de rebusque, necesitan de los cuerpos en la calle para denunciar, para evitar desalojos, para gritar que estamos putas y que las cosas no andan bien como lo quieren mostrar los gobernantes de turno.






Quédate en tu puta casa:


Para proteger la vida, hay que encerrarse en la casa y adaptarse a la “nueva normalidad”, pero ¿cual normalidad? si nada es normal. Afuera está la calentura, la oferta del riesgo, la posibilidad del sustento diario, el encuentro con los parceros, la lucha, el fueguito que nos permite prender todo si es necesario. Adentro hay lucha, hay inseguridad, hay hambre, hay un computador o un celular con datos y dos o tres personas intentando vivir esa “nueva normalidad” para no desconectarse de la vida.



Quedarse en casa suena bonito y hasta razonable, incluso cuando los medios de comunicación evidencian la indisciplina social en forma de partido de fútbol en cancha de barrio o de rumba clandestina, nos hace sentir que unos somos buenos y esos otros son los malos que esparcen el virus, nos dan una superioridad moral televisiva, que juzga al que está en la calle, pero que no cuestiona el por qué se está en la calle. Como lo plantea Alcolirykoz en su canción Baldor “Aquí combaten los ladrones, no la pobreza”.



Pero ¿Cómo putas nos quedamos en casa? si realmente en la casa no hay vida, es más en muchos casos no hay casa, sólo una pieza donde se duerme, y por eso la calle se convierte en la casa, en el sitio de trabajo o simplemente en el lugar para “parchar” con los amigos y agenciar el empute.






Ahora bien, en medio de un sistema inequitativo, con altas contradicciones derivadas de la inequidad territorial y la creciente violencia en un contexto de paz, es claro que la virtualidad favoreció a algunos sectores o grupos permitiendo amplificar sus mensajes, sus redes conectivas y afectivas a partir de la generación de un creciente tráfico de información/acción que fortaleció sus círculos y les “dio voz”; tanto a lo que he denominado como Interrupciones, como a aquellas contra interrupciones que pugnaban por agenciar asuntos como: “la verdadera familia”, “la verdadera feminidad” “los derechos de las dos vidas: la mujer y el feto” “la verdad sobre los acuerdos de paz y la acción gubernamental”, “las muertes colectivas o la masacres sistemáticas” entre otros.


Pero si se favorece a unos sectores o grupos poblacionales, es porque seguramente se están afectando otros, o simplemente invisibilizando y en este caso, “Desconectando”. Y es que durante la pandemia, el “Quédate en casa” también se convirtió en una forma de silenciamiento de aquellos que físicamente no tenían cómo conectarse, o que simplemente no les interesaba porque otras ofertas eran más urgentes.



Estos “desconectados” no sólo se le “perdieron” al sistema educativo, social, cultural oficial-institucional, sino que también, dentro de los procesos liderados en los territorios se fueron difuminando, haciendo agua, rompiendo tejido, desapareciendo; se quedaron en unas “Putas Casas” que no tienen dirección, no son tangibles, no sabemos si son bioseguras, lo único claro es que ya estos jóvenes no están.











Resistir a la pandemia: un acto político



Sobrevivir a la pandemia no sólo implica superar el virus, sino hacerle pequeños esguinces a la máquina de muerte que no atiende las “normas de bioseguridad” y que por el contrario, encuentra en el confinamiento el modelo preciso para ubicar y exterminar los pensamientos disidentes; implica movilizarse (virtual, presencial, virtual) contra la máquina política-económica-electoral que protege la inversión privada, que agencia los poderes hegemónico y protege el estatus quo. Implica incomodar, resistir, saltarse la norma, vivir al límite, creer en la democracia o desconocerla, tomarse la calle, comprar o vender riesgo, construir políticamente el empute y agenciarlo en un contexto en el que se extermina o criminaliza los pensamientos disidentes.


Desde esta lógica resistir a la pandemia se convierte en un acto político porque trasciende las normas de bioseguridad e implica, no sólo cumplir los protocolos para garantizar la vida, sino también, adecuarse a esta “nueva normalidad”, en la que es fundamental transitar entre la virtualidad, la presencialidad y la virtualidad, agenciando el hartazgo, construyendo acciones afectivas que posibiliten lo que plantea Rossana Reguillo, como la emergencia del “Yo autor”, una forma en la que estos colectivos interpretan sus propios mundos y producen mensajes que van más allá de las instituciones liberales.



Es un acto político, porque nos obliga a ser creativos ante las pasmadas instituciones político-administrativas que desbordan por las muertes derivadas de pandemia, la crisis económica y el recrudecimiento del conflicto armado urbano-rural, ven en las cuarentenas estrictas la receta para controlar el estado de las cosas. Sin embargo, como lo plantea Rancho

Aparte “Esto se va putear, esto se va a putear".












 
 
 

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